Ilusiones democráticas europeas


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Tengo una buena noticia para los que les gusta practicar la autoflagelación y pensar que “en México, estamos más jod… que en cualquier otra parte” o que tenemos “los peores políticos del mundo”. No, no están solos y no son los únicos. Definitivamente la ineficiencia política no es un privilegio mexicano: créanme que en Europa también, existe la desagradable impresión que los políticos están a las órdenes de los que mueven la economía más que al servicio de la gente que los puso en sus cargos “públicos” y “populares”.

Hoy en día, el triste punto en común de Europa y México es que la gran mayoría de los dirigentes de ambas entidades parecen excluyentes y despreocupados de la calidad de vida cotidiana y de las necesidades de su gente.

 En Europa, si bien los procesos de representatividad popular y de rendición de cuentas funcionan correctamente a nivel nacional (la calle tiene poder efectivo) y que las sociedades civiles de cada país están organizadas eficientemente desde hace muchos años en colectivos de defensa de las minorías (los migrantes, los sin techos, las mujeres, las minorías sexuales, etc.), existe una falta tremenda de representatividad y de democracia a nivel europeo, es decir a nivel de las instituciones supranacionales de la Unión Europea (recordemos que ambos tipos de instituciones conviven en el Viejo Continente, las nacionales – parlamentos, gobiernos… – y las europeas – Comisión, Parlamento, Consejo…).

La actual crisis económica en el Viejo Continente reveló el abismo que separa las preocupaciones de (1) los dirigentes de la UE y (2) las de los pueblos. Los primeros ven los imperativos macroeconómicos como únicos medios de medición del “bienestar” de la economía: que si tal país tiene mucha deuda, de cuánto son sus déficits públicos y si su balance comercial está equilibrada… Mientras tanto, los segundos – Españoles, Griegos, Italianos, Irlandeses, entre tantos otros – se preocupen más por (sobre)vivir decentemente, es decir que se inquietan por el devenir de sus ahorros, la falta de empleos para los jóvenes y la disminución – cuando no es la supresión simple y sencilla – de sus pensiones.

La situación europea es grave, ya que se observa un proceso de privatización del servicio público. Diputados, comisarios y funcionarios europeos – muchos de ellos ni siquiera elegidos por el pueblo – administran las deudas de los países en dificultad e imponen sus propios remedios sin ningún mandato popular, siguiendo únicamente los intereses de los acreedores, es decir de la potente Troika Fondo Monetario Internacional – Banco Central Europeo – Unión Europea.

Pero la ilusión democrática que anima las instituciones de la UE va más allá de la actual crisis: dichas instituciones carecen en sí de legitimidad democrática. Un ejemplo: la única institución de la UE elegida por medio de un sufragio universal directo – es decir directamente por los Europeos – es el Parlamente Europeo; y aunque hay que ser justo y reconocer que sus prerrogativas fueron extendidas en los últimos años, su poder de decisión sobre el futuro de la UE sigue limitadísimo. Ni la Comisión (motor de la integración europea que propone las leyes), ni siquiera el presidente de la UE son elegidos al sufragio universal. La única forma de participar para los ciudadanos europeos es indirecta: tomar en cuenta las orientaciones europeas de cada candidato a la hora de votar en las elecciones de cada país. ¿Cómo provocar la adhesión de los pueblos al proyecto europeo y sus ideales de integración, prosperidad y pacifismo, si nos se les da un derecho a escoger directamente los administradores de su propio futuro?

El resultado de ello es una participación política mínima en las elecciones europeas para seleccionar los diputados del Parlamento europeo, reflejo del poco interés de la mayoría, del rechazo del manejo turbio de la UE y de la conciencia de su poco peso sobre las decisiones realmente importantes.

La nota de esperanza en este triste panorama es que en este 2012, en Europa como en México, se produjeron fuertes reacciones populares para exigirles a los dirigentes ser tomados en cuenta. El ciudadano promedio demostró que ya no acepta ver que él sí tenga que trabajar horas extras y sacrificar parte de su vida personal y familiar para mantener un nivel de ingreso digno, cuando los más ricos aprovechan constantes descuentos en sus tasas de imposición, o peor, cuando ni siquiera pagan impuestos. Así es que nacieron diversos movimientos como los Indignados en España y Francia, los Occupy en Londres, el Geração à rasca… en Portugal (o los Yo soy #132 en México).

En efecto, ¿qué otra reacción que la ira esperar de un ciudadano francés que sufre una fuerte política de austeridad mientras su gobierno vota una disminución de la tasa de imposición para las más grandes fortunas (el llamado Escudo fiscal del gobierno Fillon)? ¿Cómo no indignarse al enterarse que en México, unas sesenta empresas dejaron de pagar impuestos por un montó superior al presupuesto anual de la educación en el país, aprovechándose de varios conceptos de “impuestos diferidos”? De un lado los gobiernos piden – exigen – que la gente pague puntualmente sus impuestos, y del otro ofrecen todas las facilidades a las más grandes empresas para no hacer lo suyo, y de la manera más legal que haya. Estas reglas del juego definitivamente son injustas y provocan un enojo muy entendible entre las poblaciones europeas y actualmente en la mexicana. ¡Y cuidado!, si hasta ahorita dicha desesperación se ha expresado esencialmente por una pasividad en el ejercicio de su derecho de voto, no se puede descartar que no se vaya a expresar de forma violenta si llega a rebasar los límites de lo que puede aguantar…

Enfrentamos una fuerte crisis de representación popular en la que los ciudadanos no se sienten dignamente representados por sus dirigentes. Basta con conectarse en Internet para notar a qué punto los pueblos se sienten abandonados por quienes se supone son sus servidores y representantes. Así sintieron los italianos al darse a conocer las fiestas fastuosas que organizaba Berlusconi, donde el lujo se combinaba con la lujuria; o bien los franceses, cuando se enteraron que la ministro de relaciones exteriores pasaba esplendorosas vacaciones todas pagadas por el exdictador de Túnez Ben Ali.

Gobernantes corruptos, desconectados de las realidades de sus electores, esa es la realidad de Europa y México. En ambos casos, los ciudadanos tomaron las calles y la palabra porque están hartos de aguantar consecuencias durísimas de fenómenos que ellos no provocaron. Los próximos meses se anuncian muy animados en ambos lados del Atlántico.

(Recomendación del autor: ver el  siguiente artículo)

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Acerca de cronicaseuropeas

Observador de la actualidad europea. Profesor en la Universidad de Monterrey (UDEM, Monterrey, Nuevo León, México); catedrático en "Estudios Regionales de Europa" y "Sociedad y Cultura de Europa", titular de dos Maestría en Ciencias políticas y Relaciones Internacionales y de una especialidad de Maestría en Estudios internacionales. Empleado del Parlamento Europeo de 2002 a 2005.
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