Ilusiones democráticas mexicanas


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Nota del autor: el presente artículo es complementario del artículo anterior “Ilusiones democráticas europeas”; por lo que se recomienda la lectura de los dos en conjunto.

En México, la campaña electoral pasada fortaleció mi opinión de que estamos viviendo una ficción democrática y que la democracia constituye todavía un sueño lejano para el país. Efectivamente, creo que una verdadera democracia se define (1) por la atención, el respeto y la protección que se le otorga a las minorías (y no tanto por la aplicación de la voluntad de la mayoría como suele escucharse), y (2) por la calidad de sus actores institucionales.

Acerca del primer aspecto, le falta tanto a nuestro querido México – donde los migrantes, indígenas, sin techos, mujeres, homosexuales (…) son víctimas de tan flagrantes y cotidianas discriminaciones – que prefiero enfocarme directamente al segundo punto.

Ahí se encuentra la raíz de la esclerosis del sistema: el hecho que México se encuentre atrapado en una partidocracia, ya que casi no hay existencia política posible para los ciudadanos fuera de los partidos, que son los que hacen y deshacen a su antojo la agenda política nacional. De hecho, los verdaderos ciudadanos independientes que se quieren lanzar para un puesto de elección popular no tienen de otra que solicitar el registro de uno de estos partidos establecidos, con la lógica obligación de obedecer a sus dirigentes, lo cual les hace perder lo atractivo de su independencia.

Es la triste realidad; los partidos y la mayoría de sus miembros están primero para servirse en lugar de servir el bien común (cuando no son un mero negocio familiar). En efecto, no pasa un día sin que veamos denuncias o aprehensiones de exdirigentes que usaron un mandato público para comprar lujosas viviendas, yates personales, avionetas privadas; para asegurar a sus hijos niveles de vida que son un insulto al resto de los ciudadanos.

Es poco decir que existe una profunda desconfianza de los mexicanos en sus instituciones esclerosadas y débiles. La gran mayoría de los ciudadanos ya no cree en los partidos como instrumentos de cambio.

Para comprobar el poco caso que hacen de la ciudadanía, basta con abrir un periódico y observar cómo tratan de engañar a los ciudadanos para llevarse su voto con promesas vacías y simplistas (“más seguridad”, “más y mejores empleos”, “más inversión en la educación”). También hemos observado a candidatos excluidos de su partido que pasaron cínicamente al enemigo, demostrando la falta de congruencia tanto de ellos que de los partidos que los recibieron hipócritamente. Asimismo, muchos gobernantes actúan con soberbia, como si fueran dueños de sus electores, de los periodistas y del país, cuando deberían obedecer a quienes los pusieron en el puesto y rendir cuentas a los trabajadores de la información, en lugar de considerarlos de manera arrogante como si fueran promotores de su imagen a sus órdenes. Por último, pero no menos importante, el mismo IFE representa una paradoja democrática, ya que se trata de un organismo “autónomo” compuesto por ciudadanos elegidos por … ¡los partidos políticos!

Por todo esto, me parece que el dominio de los partidos sobre la vida política nacional perjudica a las instituciones y que ha provocado una profunda crisis de la representación democrática. En México, el poder gobierna sin una gran parte de la sociedad, mientras esta sociedad no tiene poder. Me llamó de hecho la atención un sondeo que leí en estos días: el 73% de los mexicanos se declaran insatisfechos del funcionamiento de su democracia (siendo la tasa más elevada de Latinoamérica). Esto comprueba según yo dos cosas: que los mexicanos no son ciegos y se dan cuenta de su ilusión democrática, pero también que la sociedad mexicana es cada vez más crítica y exige más de sus gobernantes.

En vista de lo anterior – y ante un panorama tan deplorable para el futuro del país – es de celebrarse el despertar ciudadano que tuvo lugar en los últimos meses. Apareció primero el Movimiento por la Paz de Javier Sicilia, y ahora los Yo soy 132, como consecuencia lógica de años de abusos y de privatización de cargos supuestamente “públicos”. Si bien se puede y se vale disidir en cuanto a la interpretación que se le puede dar a estos movimiento, tienen en común de estar compuestos por ciudadanos que comparten la frustración de no sentirse ni escuchados, ni tomados en cuenta; en fin, de no sentirse representados.

Sólo un reventador fanático y sesgado pudiera negar que se trate de algo que va mucho más allá de una manipulación política disfrazada de protesta estudiantil (como bien lo ha notado la prensa internacional, dicho sea de paso). Porque los 132 no son solamente los jóvenes o los estudiantes ; representan también a buena parte de la clase media. A los que lucharon para tener su casita, su auto, estudiar una carrera; y que hoy no quieren ver defraudado su voto. Representa a todos los que piden a gritos la independencia de los medios, y que desean acabar con el clientelismo político.

E independientemente de quién quede en la silla presidencial, es de regocijarse que contemos en la actualidad con estos movimientos juveniles organizados para despertar la ciudadanía; y de esperarse que seguirán operando no solamente como despertadores de la consciencia popular como lo han venido haciendo hasta ahorita, pero que actúen igualmente como controladores civiles del desempeño del nuevo gabinete. Sólo así se fomentará la democracia participativa, lejos de la sombra de los todopoderosos partidos.

Estos movimientos brindaron en mi opinión un cambio significativo en la manera de concebir el futuro por los ciudadanos mexicanos. Donde reinaba la frustración y el coraje frente a tanta injusticia, veo que estos movimiento empiezan a crear las bases de una sociedad civil responsable y organizada.

El cambio sólo surgirá de esa base, de la sociedad civil organizada, estructurada, alejada de los intereses partidistas; pero también de una sociedad civil madura – y por consiguiente razonable y moderada – ya que nada bueno puede salir de una polarización tan fuerte de la vida política como lo vivimos en México.

Por todo lo anterior, es siempre importante acudir a votar cada vez que se tiene la oportunidad; como señal de esa voluntad de cambio. La protesta por medio de la apatía electoral (es decir, la abstención) solo refuerza la indolencia de los partidos respecto a sus electores. Acudir a votar es fundamental para darle una oportunidad a la democracia, al mismo tiempo que un fuerte mensaje a los candidatos: “aquí estamos y los vigilamos”.

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Acerca de cronicaseuropeas

Observador de la actualidad europea. Profesor en la Universidad de Monterrey (UDEM, Monterrey, Nuevo León, México); catedrático en "Estudios Regionales de Europa" y "Sociedad y Cultura de Europa", titular de dos Maestría en Ciencias políticas y Relaciones Internacionales y de una especialidad de Maestría en Estudios internacionales. Empleado del Parlamento Europeo de 2002 a 2005.
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2 respuestas a Ilusiones democráticas mexicanas

  1. pepe tonio azuela dijo:

    Totalmente de acuerdo contigo, Philippe. Me he dado la oportunidad de ir a la primera marcha 132 en Monterrey, y a esta última del 7 de julio… Más allá de las consecuencias inmediatas de la marcha y de las causas de indignación de quienes estuvimos ahí, veo con mucho gusto un mensaje: “ya no nos vamos a dejar… He aquí la sociedad civil”…

    Y para “armar” el debate, tengo una idea, tal vez prejuicio, pero me parece que “al Dios de los católicos” no le gusta tomar partido por algo…No veo mucha gente “conservadora”, “de derecha”, “católica”, en estos “rollitos”… Y creo que existe una relación directa entre las creencias populares católicas y la pasividad política… Contrasta, sí, con el claro apoyo que el Galileo mostró a las minorías… Ahora parece que a los seguidores de Jesús les da miedo la opción por las minorías…

    Mi impresión es que, en las marchas, las personas son más bien a-religiosas o anti-eclesiásticas, en su mayoría… Habría que hacer un estudio. Bueno, me interesa esa relación religión-política…

    Saludos =D

  2. Anónimo dijo:

    Pues los católicos son políticamente más conservadores y sociológicamente menos acostumbrados a salir a la calle. Tal vez la creencia religiosa de aprender a vivir sufriendo y aguantándose…

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