¿Una renovación en la continuidad?


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Son más de 1100 millones de católicos que fueron sorprendidos por la “noticia – bomba” de la renuncia de Benedicto XVI al mandato papal este mes de febrero 2013. Y de seguro el “notición” impactó también de una forma más o menos directa al resto de los más de 2000 millones de cristianos que cuenta el mundo. En Europa, son alrededor de 700 millones de personas de diversas religiones y filosofías que mostraron su incredulidad ante la impensable decisión, provocando enseguida un debate en el espacio público acerca de las expectativas respecto al sucesor del Papa dimisionario.

A grandes rasgos, se puede afirmar que las opiniones públicas europeas fueron gratamente sorprendidas por el gesto de humildad del Papa, quien reconoció sus limitantes físicas sin vergüenza ni temor a la comparación con su antecesor. Después de todo, las sociedades europeas se enfrentan a diario al trato de los ancianos y se le reconoce a Benedicto su derecho al descanso, más cuando se sabe que el personaje sufrió una operación del corazón. En cierta medida, se ha considerado también su renuncia como un signo de modernidad en la Iglesia católica, cuando una de las grandes críticas que se escucha y lee tradicionalmente sobre esta institución es la gran edad de sus representantes y su desfase para comprender lo que vive la sociedad. De hecho, los medios europeos se apresuraron a recordar que durante la década pasada, el Cardenal Ratzinger había considerado como una obligación moral la renuncia de un Papa en caso de impedimento físico o espiritual para ocupar el cargo.

Los políticos también opinaron – especialmente los jefes de Estado – y como buenos representantes de sus respectivas tradiciones políticas, las reacciones fueron dignos reflejos de sus particularidades nacionales y no se hicieron esperar; empezando con la natal Alemania de Benedicto, un país en el que religión y política siempre han estado estrechamente ligadas. Angela Merkel recordó el “orgullo” de los alemanes en 2005 (el periódico Bild había publicado en su portada “Somos Papa”), y saludó “uno de los pensadores religiosos más ilustre de nuestro tiempo”. Se acordó  también la canciller del discurso del Papa en el parlamento alemán; acontecimiento que sería totalmente inconcebible en la muy laica Francia vecina, donde la religión se considera invariablemente como un asunto estrictamente privado que no debe interferir en el dominio público. Por eso el presidente galo Hollande se conformó con calificar esta decisión como “humana (…) y respetable”, agregando enseguida que “no tenía comentario particular sobre esta decisión”, y recordando que “la República (…) no debe hacer comentarios sobre lo que pertenece a la Iglesia”. En Italia, los comentarios fueron lógicamente más efusivos, con el presidente Napolitano  que subrayó “el valor” de Benedicto XVI y el presidente del Consejo Monti que reconoció sentirse “muy sacudido por este anuncio inesperado”. Hasta el Primer ministro británico, por su parte, recordó con “gran respeto y afección” el “evento histórico” que constituyó la visita del Papa en 2010 después de cinco siglos de ruptura entre anglicanos y católicos.

Sin embargo, hasta los muy eufóricos alemanes tuvieron sus momentos de desencanto, especialmente después del 2010 cuando salieron a la luz pública los escándalos de pedofilia (que afectaron también la diócesis que ocupaba anteriormente el arzobispo Joseph Ratzinger…) en Alemania, pero también en Estados Unidos, Canadá, Australia, Irlanda, Países Bajo y Bélgica. Estas críticas encontraron un mensaje de esperanza en el penúltimo Angelus de Benedicto XVI, quien llamó a la Iglesia y a sus miembros a “renovarse”, en el espíritu de las grandes orientaciones del Concilio Vaticano II, y denunció “la hipocresía religiosa”.

Ahora se perfila la incertidumbre del futuro. Una gran mayoría de los europeos desea una apertura y una liberalización relativa de la Iglesia católica, especialmente sobre los temas de debate que más eco han tenido en sus sociedades contemporáneas (y más que todo que ya han sido validados en otras religiones): el celibato de los sacerdotes, el uso razonado de los anticonceptivos, la feminización de la Iglesia… Aunque muchas de las peticiones más comunes parecen oponerse al dogma de la religión, es posible que la actitud de la Iglesia respecto a algunos de estos temas vaya cambiando paulatinamente. No hay que olvidar que estos debates ya existen dentro de la misma Iglesia, como lo demuestra por ejemplo la postura pública que tomó el cardenal Meisner – arzobispo de Colonia y cercano a Benedicto XVI – a favor de la píldora conocida como “del día siguiente” en caso de violación (ya que esta última no es abortiva, pero simplemente impide la fecundación). En el mismo sentido va la declaración de la Conferencia de los obispos de Francia que considera el preservativo como preciso, aunque de eficiencia limitada para luchar contra el VIH.

Las encuestas demuestran que hasta los europeos católicos practicante apoyarían estas reformas que permitirían sin duda a la Iglesia católica entrar de lleno en el siglo XXI. La capacidad del nuevo Papa a atender estos reclamos sociales sin alejarse de los fundamentos de la tradición bimilenaria de la Iglesia constituirá sin duda su mayor reto; tendrá que aprender a “renovar” la Iglesia como institución pero asegurando su continuidad, so pena de seguir pareciendo en el Viejo Continente únicamente como una religión que “suma prohibiciones” como lo deploraba Benedicto XVI en una de sus primeras entrevistas como Papa y de desaparecer por casi completo.

En lo personal, espero que esta renuncia pueda también servir de base para una gran reflexión acerca de la edad de nuestros representantes civiles y de la (in)capacidad para comprender, representar y defender una comunidad polimórfica que puede tener un funcionario público de la edad de un anciano.

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Acerca de cronicaseuropeas

Observador de la actualidad europea. Profesor en la Universidad de Monterrey (UDEM, Monterrey, Nuevo León, México); catedrático en "Estudios Regionales de Europa" y "Sociedad y Cultura de Europa", titular de dos Maestría en Ciencias políticas y Relaciones Internacionales y de una especialidad de Maestría en Estudios internacionales. Empleado del Parlamento Europeo de 2002 a 2005.
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Una respuesta a ¿Una renovación en la continuidad?

  1. Guillermina dijo:

    Qué buen punto… Simplemente es muy difícil manejar una Iglesia así que abarca tanto a una Europa progresista que un México (y una Latinoamérica) muy conservadora…

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