¿Hacia un país transgénico?


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¿Consume usted o su familia alguno de los siguientes ingredientes: cereales, dulces, aceites para cocinar, purés para bebés, jugos, sodas, botanas, chocolates, huevos, leche, latas, mermeladas, tortillas, cervezas, productos congelados, pan o pasta? Esta lista no exhaustiva es la de los productos que muchas marcas comercializan en los supermercados mexicanos usando Organismos Genéticamente Modificados (OGM).

¿De qué se trata? Como lo indica su nombre, son productos alimenticios transformados para crear nuevas especies más resistentes, más atrayentes, más grandes (¿a poco creía que estas manzanas tan rojas y brillosas del súper eran naturales?). Obviamente, el resultado visualmente atractivo de los OGM es su mejor argumento comercial. A primera impresión, el consumidor siempre preferirá un producto colorido y de aspecto exquisito a otro imperfecto. El problema es que más allá de su apariencia, estos productos podrían ser de lo más peligroso para nuestra salud. Claro está que la opinión pública mundial está muy polarizada sobre el tema, entre los que ven a los OGM como una necesidad para nutrir la población mundial en fuerte crecimiento y los que le atribuyen la culpa de todas las enfermedades. Sin embargo, la falta de prueba científica contundente permite defender con argumentos ambas posiciones.

Mi preocupación nace de empresas como Monsanto y Pioneer, quienes presentaron solicitudes para poder explotar a gran escala su maíz transgénico en México, especialmente en Tamaulipas y Sinaloa, de donde viene la mayor parte del maíz consumido en Monterrey. La cuestión es fundamental para un país con miles de variedades de maíz y más de 700 maneras de comerlo. Ya se autorizaron permisos para explotar “experimentalmente” los OGM y se importan grandes cantidades desde Estados Unidos. Sin importar de qué lado esté la verdad, dos cosas son indudables: primero que nada, nadie puede demostrar de manera categórica y definitiva la inocencia de los OGM. Luego, no existe hoy en día obligación legal en México de señalar la presencia de OGM en los productos que consumimos a diario.

Al contrario, la Unión Europea se decidió desde hace años de aplicar el “principio de precaución” recomendado por la mismísima ONU, es decir no autorizar un producto hasta que se demuestre que es inofensivo para la salud de los consumidores. Allá, se requiere de la aprobación de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria, así como de los estados miembros y de la Comisión Europea para introducir OGM en el mercado comunitario. A la fecha, sólo dos tipos de OGM pudieron penetrar el mercado europeo, y únicamente con la condición de señalar debidamente su presencia en los empaques.

Tan sencillo sería exigir a las empresas, como en Europa, un sistema de etiquetado de OGM y que el consumidor haga su elección según su consciencia, ¿verdad? Sin embargo, el gran escollo que enfrentan los defensores de la agricultura libre de OGM es fácilmente identificable: se trata del dinero. El dinero generado por lo que ya es un mercado multimillonario y que a largo plazo podría volverse uno de los negocios más rentables a nivel mundial. Este capital que se está constituyendo… posiblemente a costa de nuestra salud.

Sí los OGM permiten una mayor producción; sí resisten mejor a los insectos; sí cuestan menos, pero afectan potencialmente al medioambiente y a nuestra salud con alergias, enfermedades autoinmunes y resistencia a los antibióticos. El cinismo de los fabricantes y comercializadores de OGM es tal que hacen presión de todas las formas posibles para lograr su doble propósito: que no se les obligue a informar de lo que realmente nos venden y emprender campañas de desinformación que confundan al consumidor. No sé cómo terminará este asunto y si los políticos – supuestos garantes del interés de la comunidad – cederán o no ante las fuertes presiones económicas de la industria OGM, pero sí le puedo compartir esta información y recomendar lo básico de la buena alimentación: comer lo más “local” y natural posible.

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Acerca de cronicaseuropeas

Observador de la actualidad europea. Profesor en la Universidad de Monterrey (UDEM, Monterrey, Nuevo León, México); catedrático en "Estudios Regionales de Europa" y "Sociedad y Cultura de Europa", titular de dos Maestría en Ciencias políticas y Relaciones Internacionales y de una especialidad de Maestría en Estudios internacionales. Empleado del Parlamento Europeo de 2002 a 2005.
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