Gas shale, ¿infierno ecológico o prodigalidad económica?


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En las últimas semanas, se ha hablado mucho del uso del “fracking” (fracturación hidráulica para extraer un nuevo tipo de gas, el gas “shale”) en el Noreste de México debido a los terremotos provocados aparentemente por dicha práctica. Esto ha dado lugar a un debate muy polémico entre los defensores de un supuesto “modernismo” y los eternos sospechosos respecto al poder del capital económico que siempre vela más por sus intereses en detrimento de los de la comunidad.

En Europa, esta nueva forma de extraer energía también causa en la actualidad conflictos entre expertos de todas tendencias, desde los mandatados por las empresas privadas para sacar estudios a su favor, hasta investigaciones pro ecologistas denunciando rotundamente los daños ecológicos y sísmicos del gas shale. Incluso hay quienes ponen en tela de juicio la profesada rentabilidad económica del sistema.

Al saber que México contaría con una de las mayores reservas mundiales de gas shale (once veces más que las de gas natural, según la Secretaría de Energía) en Chihuahua, Coahuila, Tamaulipas y Veracruz principalmente, se entiende mejor el por qué se busca atraer inversión extranjera para extraer este posible tesoro profundamente enterrado en el subsuelo.

Lo curioso es que tanto en Coahuila el año pasado como ahora en Nuevo León, el pico de actividad sísmica corresponde al impulso de estas actividades, aunque juran las autoridades que ambos fenómenos no tienen correlación alguna. En cambio, en los Estados Unidos, los Servicios Geológicos se preocuparon desde hace mucho por tal suceso y sin mucho margen de error, afirmaron que la relación entre “actividades humanas” y actividad sísmica era “casi indudable”.  

En lo personal, entiendo y hasta cierto punto comparto las críticas de los oponentes al fracking, pues creo legítimo preguntarse qué es lo que llevó el Estado mexicano a declararlo base del futuro desarrollo energético del país. Está bien que sigamos constantemente el ejemplo del vecino del Norte, que usa con cierta rentabilidad económica esta nueva energía desde hace varios años; sin embargo, no podemos sesgarnos a la muy probable contaminación del manto freático que podría inducir. De hecho, en un Simposio organizado sobre el tema por el oficialismo mexicano y sus contrapartes estadounidenses hace un par de años, resultó llamativo que solamente al final se mencionaron los “problemas medioambientales”.

En Europa también se dividen ecologistas, políticos y economistas, entre los que piensan que ahí se encuentra una nueva fuente de prosperidad y otro que gritan al espejismo y al cortoplacismo. El año pasado, el Parlamento Europeo pidió la “prohibición total” del fracking en ciertas zonas. Países como Francia y Bulgaria lo vetaron en todo su territorio, pero las presiones de las empresas causan estragos; y estas encuentran ecos positivos en las capitales que desean reducir su dependencia energética del exterior, aunque se haga a costa del medioambiente. Así es que Dinamarca, Reino Unido, Rumania o Polonia están llevando a cabo un proyecto de exploración (para determinar primero el tamaño de sus reservas).

La Comisión Europea autorizó también la extracción de este tipo de gas, a la condición de respetar el medioambiente; es decir que las empresas explotadores deberán demostrar que sus actividades no provocan “la liberación de ningún contaminante en el manto freático”. Cabe recalcar también que Janez Potocnik, el Comisario europeo al Medioambiente, recomienda transparencia e información al público sobre los químicos usados durante la fracturación del suelo.

A pesar de estas tímidas precauciones, en Europa y más aún en México, creo que faltan claras e inequívocas reglas jurídicas para proteger a las poblaciones y el medioambiente de los posibles riesgos. Emitir recomendaciones no es suficiente; tenemos que respetar el principio de precaución ante un fenómeno aún desconocido. No podemos seguir acabándonos el planeta como – no temo decirlo – lo hacen los Estados Unidos; que si bien llevaron a cabo una evolución energética positiva en términos geopolíticos, sigue siendo un desastre ecológico. Si lo dudan, vean el documental “Gasland” en el que se ve claramente como el agua de la llave de las zonas afectadas… ¡se prende con un simple encendedor! Y todo esto por el sinfín de químicos que lleva. E incluso en lo económico, el impacto positivo de disminución de su factura energética lo sintieron las industrias estadounidenses pero no los consumidores. Ni siquiera los 500 mil pozos existentes han tenido un impacto fuerte sobre el crecimiento del PIB, y el Instituto para el Desarrollo Sustentable y de Relaciones Internacionales (IDDRI) de París calcula que no lo tendrán tampoco en el futuro próximo.

Sé que es difícil negarse a una fuente potencial de alta producción de energía, pero déjenme decirles que con esto no vamos a ninguna parte porque este gas shale, como cualquier energía fósil, también se acabará tarde que temprano… La Comisión Europea, con su mensaje de “sí me preocupa mucho el bienestar de la gente y el medioambiente pero no puedo dejar pasar tan buena oportunidad” no termina de decidirse cuando se sabe que existen otras opciones. ¿Cuáles son estas soluciones entonces? Las tenemos claramente identificadas, pero falta un montón de valor político para ponerlas en práctica: me refiero a las energías renovables (y limpias por definición). Los defensores del fracking argumentan que se crearon cientos de miles de empleos en Estados Unidos. Pero ¿cuántos no se crearían con una política eficaz de innovación energética? En todo este enredo ético-económico-ambiental, una posición inspiradora – aunque probablemente imperfecta – podría ser la de Alemania, quien anteriormente ya había decidido de abandonar a corto plazo la energía nuclear. Ahora, y después de oponerse durante mucho tiempo al fracking, planea permitirlo pero bajo estrictas condiciones; mientras sigue a la par su camino hacia la transición energética y la economía verde.

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Acerca de cronicaseuropeas

Observador de la actualidad europea. Profesor en la Universidad de Monterrey (UDEM, Monterrey, Nuevo León, México); catedrático en "Estudios Regionales de Europa" y "Sociedad y Cultura de Europa", titular de dos Maestría en Ciencias políticas y Relaciones Internacionales y de una especialidad de Maestría en Estudios internacionales. Empleado del Parlamento Europeo de 2002 a 2005.
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